La conversación iba bien. Era un chat informal sobre un proyecto de software, el tipo de intercambio desenfadado que ocurre decenas de veces al día entre desarrolladores que hablan diferentes idiomas. La otra persona era rusa, los mensajes se escribían en inglés, y Google Translate hacía el trabajo pesado de convertir todo al ruso sobre la marcha. Durante unos diez mensajes, todo se sentía fluido. Entonces, de la nada, el ruso escribió algo que traducido libremente decía: "Espera, ¿eres hombre o mujer?" La pregunta pareció extraña. Nada en la conversación tenía que ver con el género. No había ambigüedad en la foto de perfil, ninguna confusión de nombres. El tema era la estructura de base de datos. Y sin embargo, desde la perspectiva de la otra persona, la pregunta tenía todo el sentido.

El ruso es un idioma con género gramatical. Los verbos en pasado, los adjetivos e incluso ciertos sustantivos cambian de forma dependiendo del género gramatical del hablante. Cuando alguien escribe "yo hice" en ruso, la terminación del verbo le dice al lector si el hablante es hombre o mujer. Google Translate, trabajando con cero contexto sobre quién estaba escribiendo, había elegido formas verbales femeninas para cada mensaje. Para el lector ruso, parecía exactamente como si una mujer estuviera escribiendo. El hablante real era hombre. El traductor no tenía forma de saberlo, porque nadie se lo dijo, y nunca preguntó.

Esto no fue una pequeña peculiaridad estilística. Todo el tono de la conversación cambió. El género gramatical en ruso no es decoración opcional. Está incorporado en la estructura de casi cada oración que se refiere al hablante en pasado. Decir "fui a la tienda" usa una palabra diferente dependiendo de si fue un hombre o una mujer. Decir "estaba cansado" cambia. Decir "terminé el proyecto" cambia. Cada declaración en primera persona en pasado había transmitido la identidad incorrecta durante toda la conversación, y el participante ruso simplemente había asumido que la salida del traductor era correcta.

Ese momento fue el detonante. No irritación por una sola mala traducción, sino la constatación de que la herramienta de traducción más utilizada del planeta no tiene absolutamente ningún mecanismo para conocer algo tan fundamental como el género del hablante. No pregunta. No deduce. Elige un valor predeterminado y sigue adelante, dejando al lector sacar conclusiones que pueden ser completamente erróneas. La solución no era un mejor algoritmo. La solución era el contexto.